sábado, 3 de noviembre de 2007

Capítulo VII

Redi, 13 de Septimus de 1669.

Puerto de Sievna, en Ussura.


- Sabes Richard, esto no me guuusta naaada… - dijo Thomas a su cojo compañero, mientras estaban apoyados en la barandilla del barco y se despedían de las fulanas que se quedaban en el puerto.

- ¿Qué no te gusta? [cof, cof] ¿Marcharte sin haberte cepillado otra furcia?

- ¿A si? ¿Así pues tú también piensas que la cosa está sucia? Es que salta a la vista que aquí se cuece algo. Decían que veníamos a este puerto para vender los esclavos bárbaros y ahora nos marchamos sin vender alguno siguiendo a ese barco eiseno…

Richard se giró mirando fijamente a su amigo - ¡Oye! [cof, cof] ¡No te enteras de nada paisano, tu oído es horroroso!

- ¡Pues es verdad, lo del eiseno ha sido bochornoso! No se que quería de Nicolette, pero eso no son maneras de tratar a una dama - le afirmó indignado. Acercándose a su oído, Thomas continuó en voz baja - Yo no estaba, pero James me ha contado como delante de todo el mundo le hablaba de una forma taaan impertinente…

- Ya… Pues a mi me dijo que le hablaba del valor de su pendiente. [cof]

- Tienes toda la razón, no es la mejor manera de demostrar el amor a tu pretendiente. Por cierto, hablando de tipos sospechosos ¿Y el embajador ussuro? Ese si que da mala espina – le aseguró con cara de asco - Dicen que tiene el tifus y que guarda consigo unas pequeñas velas para curarse las pústulas.

- ¡Que no hombre! [cof, cof] ¡Que viene en nombre del Gaius, que es el guardián del consejo de Knias de las regiones ussuras!

- ¿Y solo por un conejo y unos botones púrpuras ha venido a estas tierras? – le preguntó Thomas asombrado.

- ¡No memo, no! [cof] Busca a un tal Aleksi Pavtlow, que a su vez busca al Capitán Shark. Por esta razón el embajador sigue la pista de Joe Shark y los capitanes han llegado hasta él para intercambiar informaciones. [cof, cof]

- Pues a mi no me gusta eso de interpretar unas canciones ¡Somos lobos de mar y no payasos de circo! ¡Que se busque el ussuro a sus propios bufones!

- ¡Tú si que eres un bufón! Vete a limpiar los cañones y no me toques los cojones. [cof]

- ¡¿Y bailar encima de unos cajones?! - exclamó enrojecido - ¡Eso es denigrante! ¡Me alegro de que los capitanes le dieran plantazo! Ni que sea para seguir a este eiseno en busca de un panadero…

- ¡A su paradero, carajo, al paradero del Capitán Shark! [cof] ¡Seguimos al barón eiseno porque es lo único que puede funcionar!

- ¿Y que nos puede traicionar? ¿Pues porque le seguimos? - quedándose Thomas desencajado – Si es que ya lo digo yo que esto es muy raro. Esto no me guuusta naaada…


Redi, 13 de Septimus de 1669.

Puerto de Sievna, en Ussura.


- ¿Así que más nos vale cubrirnos las espaldas con ese tal Aleksi Pavtlow, no? - le preguntó el Capitán Wolf a su socio vendelino.

- Si, parece que… - pero Blind no llegó a responder al ser interrumpido por uno de los marineros de a bordo.

- ¡Capitán, capitán! [cof, cof] ¡El buque del barón eiseno nos hace señales para que nos acerquemos! [cof]

- Que extraño... - pensó Wolf en voz alta - Bien, acerquémonos a ver si tienen algún problema - ordenó a Richard que rápidamente se marchó tambaleándose con su pata de palo.

Las dos naves se acercaron y los marineros del “Old Hawk” recogieron los cabos para terminar de abarloar. De repente, los hombres del otro barco saltaron con las armas en las manos abordando al navío amarrado en medio del estupor de sus tripulantes. Los gritos de los hombres pronto fueron acompañados por el chirrido de las espadas y el estruendo de las armas de fuego, y la cubierta del “Old Hawk” se convirtió en un campo de batalla en toda regla donde los combatientes recibían heridas por todos los lados.

Mientras sus compañeros se encaraban con el resto de oponentes, el Capitán Wolf bajó velozmente las escaleras del castillo de popa para enfrentarse al que parecía ser el cabecilla de esa traición. El taimado espadachín, que poco tenía que ver con el barón eiseno, tenía los rasgos y las maneras de los hombres del sur y al ver su porte alevoso, Dylan supuso que se trataba de un malhechor vodaccio.

Furioso por el engaño, Wolf le lanzó un certero ataque que laceró el hombro derecho de su oponente. Sin darle descanso a recuperarse, el capitán le asestó estocada tras estocada haciéndole retroceder por donde había venido, y el renegado espadachín se defendió como pudo valiéndose de la ventaja de ser zurdo para no sucumbir a las acometidas. Wolf creía que lo tenía contra las cuerdas cuando el engañoso contendiente aprovechó una puerta abierta en su defensa para pincharle con su estoque. El avalonés se quedó por unos segundos sin respiración en cuanto notó el hiriente escozor del acero y consiguió evitar que la herida no fuera más profunda guardando la distancia con su filo. Su sorpresa fue mayor cuando su enemigo se empaló con el estoque para poder así atravesarle con su hoja hasta tocar con su empuñadura.

Mientras los dos espaderos estaban hombro con hombro, el vodaccio le susurró - No te esperabas este truco ¿eh?

Un hilillo de sangre empezó a bajar por la comisura de los labios de Wolf, y este le respondió - No me toques los huevos… hijo de perra… - y le disparó su pistola en la pierna consiguiendo separarse de nuevo de su adversario.

Por el pecho del avalonés manaba la sangre en cantidad coloreando la cubierta de rojo carmesí, mientras otro goteo escarlata empezaba a manchar el quemado pantalón del vodaccio. A pesar de su herida, el bellaco no se reprimió en regalarle a Wolf una burlesca sonrisa en la distancia.

Con la vista nublada por el desangramiento, el capitán se lanzó con un grito de rabia para acabar con el malvado, cruzando de nuevo los aceros en medio de la contienda. A su alrededor ya se había formada un vacío entre la muchedumbre que, aún estar luchando por sus vidas, no querían interrumpir en el sangriento combate. El avalonés consiguió de nuevo tomar la delantera en el ataque y volvió a acorralar su oponente contra la barandilla, pero como si de una pesadilla se tratara, éste volvió a esperar una debilidad en su defensa e hirió por segunda vez al malherido capitán. Ante un movimiento defensivo de Wolf, el vodaccio detuvo el acero con su brazo descubierto aceptando la herida y aprovechó así la corta distancia para poder acuchillar repetidamente el costado de su oponente. Recibiendo sin parar esas fatídicas estocadas, el Capitán Wolf terminó perdiendo el conocimiento y cayó a los pies del malherido vodaccio.

Viendo a su compañero caído, Nicolette corrió en su ayuda para evitar que fuera a ser rematado. Cogiendo a su enemigo desprevenido, le asestó un duro golpe con su arma que lo tumbó en el suelo gravemente. No sin esfuerzo, el vodaccio se levantó y preparó su guardia para encarar a la ya malherida eisena. Cuando ya estaba a punto de saltar a por ella, inesperadamente una mano le atrapó por el tobillo y pudo escuchar como una tenue voz le decía - ¿A dónde crees que vas... hijo de perra?... Aún no he terminado contigo… - y el Capitán Wolf le disparó por segunda vez des del suelo, dejándole por fin fuera de combate.

Al cabo de poco, los aguerridos marineros del “Old Hawk” consiguieron reducir a los asaltantes y los pocos que sobrevivieron saltaron por la borda. Después de ayudar a los heridos, entre ellos al capitán, Nicolette fue en busca del Barón Reiner Hainzl von Heilgründ y para su desgracia lo encontró asesinado en su camarote.

Después de recuperarse de la pérdida, los oficiales acordaron que Nicolette tomaría el barco del barón, que más tarde bautizaría como el “Geist von Reiner”, y tomaron rumbo de vuelta al puerto de Sievna, pues necesitaban recomponer sus fuerzas para proseguir con su frustrada búsqueda.


Veldi, 2 de Octavus de 1669.

Puerto de Sievna, en Ussura.


Los hombres corrían por la calle a toda prisa en dirección a los muelles, intentando esquivar los múltiples objetos que les acompañaban en su descenso desenfrenado de la parte alta de la ciudad. Frutas, hortalizas y toneles rodaban por la callejuela entre las piernas de los marineros que a duras penas conseguían mantener su equilibrio mientras se apresuraban por llegar a su barco antes que los hombres de sus enemigos.

Al Capitán Wolf le pasaban muchas cosas por la cabeza mientras corría entre aquel embrollo. Las últimas palabras de Francesco Caravello, el traidor vodaccio que había asesinado al Barón Reiner, en las que se identificaba como miembro de la misteriosa organización llamada los “Figli de Cenere” que estaban siguiendo los pasos de Nicolette y su valioso pendiente. La figura de Aleksi Pavtlow, una especie de gobernador de las tierras de Ussura que buscaba a Joe Shark, seguramente para temas turbios, y que tenía el valor de conspirar contra el Gaius más feroz de los últimos tiempos. La inoportuna coincidencia de encontrarse con los hermanos Ivanovich de nuevo, a los cuales ya se habían enfrentado en el puerto de Kirk como lo habían vuelto a hacer en la taberna donde se encontraban hacía unos instantes, con resultados parecidos. Y muchas otras cosas más que desaparecieron de su mente cuando por fin apareció el “Old Hawk” al doblar la esquina.

- ¡Soltad amarras! ¡Desplegad las velas! ¡Preparad los cañones! ¡Vamos a enseñarles a estos mal nacidos quienes mandan en el mar! – Gritó Wolf mientras subía por la pasarela de su barco.

El “Old Hawk” empezó a moverse antes que los dos otros barcos y rápidamente se alejó del puerto para situarse en una distancia óptima para el ataque. Por su parte, viendo que uno de sus enemigos ya había conseguido ventaja, el barco vendelino capitaneado por los hermanos Ivanovich descargó la primera salva impactando contra el navío corsario de Nicolette, que aún estaba atracado en el amarre, arrasando de paso con todo lo que había en el muelle. En este punto, el “Geist von Reiner” empezó a separarse y a buscar la popa del buque vendelino para así quedarse al amparo en el punto ciego de sus cañones, mientras le castigaba el timón con su artillería. A su vez, el “Old Hawk” continuó con el acoso bombardeando desde la distancia al pesado mercante vendelino que no podía navegar lo suficientemente rápido como para dificultar el hostigamiento. Viéndose acorralado, el “Orgullo Vendelino” disparaba desesperado contra al ágil bergantín del Capitán Wolf que zigzagueaba veloz como una golondrina entre las olas.

No hizo falta mucho tiempo para que el navío de los Ivanovich terminara haciendo aguas por todas partes y fuera engullido por el mar, recibiendo así su merecido por la provocación y arrogancia demostrada por sus capitanes en la taberna ante el capitán y sus compañeros.

Posiblemente no sería la última vez que se encontrarían, pero seguro que en la siguiente cuidarían mejor de sus modales.


sábado, 13 de octubre de 2007

Capítulo VI

Voltadi, 14 de Septimus de 1669.

Isla de Eskjö, en Vesten.


El viento soplaba fuerte en medio de la noche y el frío conseguía colarse a través de los resquicios de los atuendos del Capitán Wolf. Echando una profunda calada de su pipa, observaba sin fijarse en nada al oscuro y nevado horizonte más allá de la empalizada del poblado. Las canciones y los gritos de alegría ya habían empezado a mitigarse entre los bebidos bárbaros de la gran choza a sus espaldas y, para si mismo, se preguntaba si finalmente tendrían que marcharse de la isla sin haber conseguido aumentar la tripulación de su navío.

Después de todo, el día no había empezado tan mal como lo veía Wolf a esas horas de la madrugada. Por la mañana, al llegar al poblado Vestenmannavnjar fueron recibidos con cierta reticencia pues los bárbaros eran un pueblo orgulloso e introvertido. Al desconocer el idioma vendelino, Blind y Nicolette se encargaron de intentar establecer contacto con los autóctonos, pero a ojos de Wolf no solo malograron su propósito, sino que Nicolette se enfrascó en un inesperado combate con el que parecía ser el tipo más grande que jamás se hubieran encontrado. Ante la mirada atónita del capitán, la eisena y el bárbaro empezaron a intercambiarse tortas y guantazos con un estruendo que rápidamente congregó a la parroquia local. Al ver su sorpresa, Blind explicó al capitán que dentro de las costumbres locales uno debía ganarse el respeto del otro si quería conseguir trato con él y que Nicolette había provocado la disputa poniendo en tela de juicio la valía del enorme guerrero. La verdad era que después de la escaramuza la actitud de los bárbaros había cambiado y fueron invitados a una fiesta que tenían preparada para esa misma noche.

Aunque Nicolette había conseguido romper el hielo, rápidamente sucumbió a los efectos del alcohol y quedó fuera de servicio para prosperar en el enrolamiento del personal. Solo Blind podía comunicarse con los nativos, pero como resultaba siendo habitual en él, sus precipitados prejuicios hicieron acto de presencia y se negó a considerar a quienes juzgaba como meros campesino incapaces de vencer a una muchacha en una refriega. Sus comentarios incluso le provocaron una contienda de fuerza contra una fornida lugareña, que no sin apuros consiguió superar conservando así su desafiada hombría. Así pues, el Capitán Wolf estaba tan cerca y tan lejos de conseguir más hombres para su mermada tripulación. Mientras reflexionaba en todos estos hechos, el humo de su pipa se alejaba enredándose con los remolinos del viento que soplaba en la nevada tundra vendelina.


15 de Septimus de 1669.

Isla de Eskjö, en Vesten.


Por la mañana, el Capitán Wolf se quedó completamente sorprendido de ver a una veintena de feroces guerreros preparados para incorporarse y hacerse a la mar. Wolf no podía adivinar si habían tomado esa decisión por la demostración de músculo de la eisena, o si por la ganas de asaltar y saquear a los incautos mercantes, o si simplemente era porque estaban aburridos y no tenían nada más que hacer. De hecho tampoco le importaba mucho, su nuevo barco por fin había conseguido la tripulación que necesitaba y podían zarpar y desplegar velas para navegar hacia su siguiente destino.

Precisamente, pero, su siguiente destino no estaba aún muy claro. La única información acerca del Capitán Shark y el “Sea Wolf” que tenían era que estaban navegando por las aguas cercanas a Ussura, pero no tenían mayores detalles y tampoco conocían mucho esas costas. En medio de este debate, el grito de alarma del vigía se escuchó por toda la cubierta anunciando la presencia de un navío surgido de la niebla en el horizonte. Wolf agarró el catalejo y oteó al navío en la distancia. Por lo que parecía, se trataba de un barco pirata Vestenmannavnjar que les estaba dando caza. Sin duda no tenían ni idea de con quien estaban tratando y seguramente habían confundido al “Old Hawk” con un pequeño mercante que abandonaba la ciudad de Kirk hacia el continente. De buen seguro que lo último que esperarían encontrar sería un buque armado y lleno de guerreros ansiosos de presentar batalla.

El Capitán Wolf vio en la situación una oportunidad para enseñar a los recién llegados con que se tendrían que enfrentar en la piratería de la Théah actual. Rápidamente ordenó un cambió de rumbo y que preparasen los cañones para la batalla. Con brusquedad, la proa del “Old Hawk” giró a babor rompiendo el moderado oleaje, encarando la fila de cañones hacía el incauto perseguidor. Cuando el capitán calculó que el blanco estaba dentro del rango de tiro, gritó la orden de fuego y los cañones rugieron retumbando en medio de la silenciosa mar. Los proyectiles cruzaron el cielo hasta alcanzar su objetivo castigando la línea de flotación del barco vendelino, en medio de los vítores de los marineros más veteranos del bergantín. Mientras tanto, la tripulación vendelina del “Old Hawk” observaba en silencio los acontecimientos.

Cuando los cañones ya se preparaban para la segunda andada, otro par de navíos aparecieron de la espesura sumándose a la batalla. Algunos marineros empezaron a cambiar sus expresiones de júbilo por rostros de preocupación, pero el Capitán Wolf no se inmutó. Era el momento de demostrar a sus hombres porqué se había echo con ese barco. Era el momento de demostrar la valía del “Old Hawk”.

Mientras daba la orden de no dar tregua al enemigo con la artillería, Wolf cruzó corriendo la cubierta mayor y se encaramó con un salto en el espolón de la proa. Mientras los barcos enemigos intentaban reducir la distancia que les separaba, el viejo bergantín descargaba sin descanso una lluvia de proyectiles que hostigaba a los contrincantes sin compasión. Para los bárbaros Vestenmannavnjar la lección estaba clara, en la Théah moderna, una batalla naval podía ser decidida antes de cruzar espada alguna. Los hombres, la madera y las velas saltaban en pedazos cada vez que una ráfaga impactaba en el objetivo. Cuando el primero de los barcos enemigos se colapsó, el capitán ordenó girar de nuevo el timón, desplegar todas las velas y empezar a dar caza a los cazadores. El viejo bergantín crujió y reveló todo su poderío, empezando a surcar el mar rápido como un delfín. Cuando los enemigos vieron con que velocidad se acercaba su rival, empezaron a maniobrar toscamente para redirigir su rumbo. La segunda embarcación no tardó en quedarse también fuera de combate bajo los continuos cañonazos y antes de acabar con el último de sus enemigos, Wolf ordenó contener el fuego para dejar así que su nueva tripulación pudiese entrar en batalla. Después de todo, habían estado deseosos desde el principio por entablar contienda directa y pensó que no sería muy buena idea privarles de ella en vistas de un largo viaje. Cuando el “Old Hawk” alcanzó a su presa, los garfios volaron para atrapar al buque en medio de una densa telaraña y los corsarios saltaron al abordaje blandiendo sus espadas y hachas, cortando carne, tendones y huesos. La batalla fue salvaje y cruenta.

Al cabo de poco todo había terminado. Los tres navíos mutilados se alejaron lentamente a la deriva dejando un rastro de humo por las llamas que los prendían, mientras la victoriosa tripulación del “Old Hawk” vitoreaba su conquista y honoraba a sus caídos. Por último, a los pocos rivales que sobrevivieron y que habían demostrado firmeza y valor se les ofreció un puesto de servicio en la vieja nave, y todos juntos reanudaron su rumbo. Al final los oficiales habían llegado a un consenso, viajarían hasta las costas de la provincia de Rurik, cerca de la ciudad Ekatnava, donde se decía que la gente de mar frecuentaba la zona desde que la Marina montaignesa dominaba los mares del norte. Un buen lugar, pues, para indagar y descubrir sus siguientes pasos.


sábado, 6 de octubre de 2007

Capítulo V (epílogo)

Redi, 13 de Septimus de 1669.

Puerto de Kirk, en Vendel.


- ¿Esto es lo que has comprado con nuestro dinero? - le preguntó Blind enojado a su socio - ¡Pero si a duras penas se mantiene a flote!

Wolf le cogió por los hombros e intentó tranquilizarle - No te preocupes amigo, confía en mí, este es el barco que necesitamos…

- ¿Pero para que? ¿Para llegar al fondo del mar? ¡Pero si ahora que aún está atracado ya debe tener media bodega llena de agua! - dijo apartándose de su compañero airadamente.

- Es verdad que necesita unos pocos arreglos, Blind, pero tampoco hay para tanto.

- Pero es que no te das cuenta de que los problemas los vamos a tener antes de zarpar si quiera. Cuando nuestros hombres vean este despojo tendremos suerte si no nos pasan por su asquerosa quilla - dijo señalando la parte inferior del viejo bergantín. De golpe, Blind se percató por el rabillo del ojo de que algo se movía donde estaban las provisiones - ¡Oh, por Theus! ¡Es una rata eso que se está llevando el saco de las manzanas! - gritó con las manos en la cabeza.

¡¡¡BOUMMM!!! Y el pellejo del asqueroso bicho saltó por los aires después de que el capitán le disparase con su pistola.

- No te preocupes hombre, ya encontraremos un gato…

- ¡¿Un gato?! ¡Dirás un oso, porque si metes a un gato para estos menesteres terminará siendo la cena de esas descomunales bestias!

Blind no podía comprender como su amigo había podido gastar casi todos sus gremiales en esa ruina y andaba de un lado para el otro de la cubierta desquiciado. Por más que lo intentara, no podía encontrar algo en esa antigualla que le reconfortara lo más mínimo. Cuando se dió por vencido, se volvió a acercar a Wolf y le espetó:

- ¿Pero quien ha tenido la desvergüenza de venderte semejante deshecho?

Cargándose de paciencia, Dylan Wolf le respondió con el mayor sosiego posible - Busqué diligentemente por el puerto y los astilleros, pero no encontraba ningún navío adecuado para nuestras necesidades…

- ¿Nuestras necesidades? - le volvió a cortar - Pero que crees que…

Wolf continuó haciendo caso omiso a su socio - Estaba a punto de claudicar, cuando un viejo lobo de mar que había servido a la Armada eisena se acercó a mi y me ofreció este navío. Al principio yo también reaccioné negativamente al verlo, pero el eiseno me contó la historia y capacidades del barco y me convenció para adquirirlo ¿Sabías que hace más de cinco décadas que surca los mares y nunca ha sufrido ningún percance importante?

- ¿Cinco décadas? No hace falta que lo digas, esto salta a la vista. Lo que me pregunto es si aguantara cinco años mas “surcando los mares”…

Wolf continuó con su argumento - ¿Sabías que ha participado en más de diez batallas y siempre ha salido indemne de todas ellas?

- Que si, pero…

- ¿Sabías que pocos navíos pueden darle caza y que menos aún pueden escapar de su persecución?

- Pero es que…

- No te preocupes Blind, confía en mí como lo has hecho siempre hasta ahora. Este barco necesita un repaso, es verdad, pero con el "Old Hawk" conseguiremos navegar más veloces que con ninguno de los que puedas encontrar por aquí. Ahora lo que nos debe preocupar es conseguir una buena tripulación para poder abordar a los desdichados que se crucen en nuestro camino. En las costas de estas islas hay muchos poblados con hombres fuertes que por su tradición han aprendido el uso de la espada y el hacha. Son fieros guerreros endurecidos por un clima severo y una mar despiadada. Tenemos que conseguir que se suman a nuestra tripulación.

Rendido por la persistencia de su compañero, Blind agachó su cabeza y suspirando para sus adentros, musitó - …perfecto, además de viajar en una tartana lo haremos acompañados por campesinos del siglo pasado…



viernes, 5 de octubre de 2007

Capítulo V

Amordi, 25 de Corantine de 1669.

Puerto de Kirk, en Vendel.


El tiempo no era tan frío en esa época del año y una multitud de barcos fondeaban tranquilamente en las frías aguas de la capital de Vendel. La ciudad de Kirk hacia honor a su fama y recibía con la mas absoluta hospitalidad a mas de un millar de naves mercantes dispuestas a comerciar con cualquier producto que se pudiera encontrar en Theah. Por sus ordenadas calles, la gente se movía bulliciosamente para atender a sus negocios sin perder las formas y la compostura. En ningún otro sitio la ley, el orden y la educación se respetaban como en esa ciudad y así se preocupaba que fuera la poderosa Liga de Vendel. La Liga, aunque en su origen fue constituida como un organismo de regulación mercantil, hacia años que se había consolidado como el gobierno real de la nación. Encabezada por nueve presidencias hereditarias, regulaba todos los asuntos importantes a través de los votos de 91 escaños en las manos de los individuos que con su solvencia los habían podido comprar. En Vendel pocas cosas no tenían un precio.

El Capitán Wolf quería deshacerse de la carga de diamantes lo más pronto posible. Sabía que una mercancía tan jugosa despertaría la atención de muchos en el momento que se conociera su paradero, y por esa razón llamó al orden a sus marineros y les exigió que no abandonaran el navío hasta que su venta hubiese concluido. La medida despertó las quejas de la tripulación, que estaba ansiosa de tomar tierra y gastar sus dineros, pero no había lugar a objeciones: nadie excepto los oficiales abandonaría el barco hasta nueva orden.

Wolf, Blind y Nicolette desembarcaron del buque y se dirigieron hacía la Sede Gremial donde se encontraba la única persona capaz de hacerse con una mercancía como aquella. Según Blind esa persona solo podía ser el Maese Valk Mokk, presidente del gremio de mercaderes y líder de la Liga de Vendel, un individuo de trato difícil con la fama de que conseguiría estafar al mismísimo diablo. El imponente edificio de la Sede Gremial exhibía sin ningún pudor toda la abundancia y riqueza excesiva que disponía la nación de Vendel, y los foráneos quedaron impresionados por su opulencia. Dentro de sus muros pudieron ver como la ostentación se extendía hasta el último detalle, y sin que pasara mucho tiempo, fueron atendidos por un amable funcionario que apareció sin llamar la atención. Después de sobornar al secretario para que les encontrara un agujero en la agenda de Mokk, este les condujo hasta los salones superiores donde pudieron finalmente encontrar al inaccesible maese.

Cuando fueron presentados, Wolf se percató de un insólito intercambio de miradas entre Mokk y Blind. Hasta el momento, su compañero no había explicado mucho de sus secretos y en ese fugaz instante, a Dylan le pareció vislumbrar un destello de su pasado. Algo había habido entre esos dos, pero ya indagaría en ello en mejor momento.

El negocio fue largo y duro. El maese jugaba en casa e imponía las reglas, pero Blind no dejó amilanarse y jugó astutamente su mano para conseguir un trato más justo de lo que Mokk habría preferido. Aunque el Capitán Wolf quería que la transacción se produjera ese mismo día, el Maese Mokk no escuchó sus palabras a la hora de ordenar que se finalizara al día siguiente, y siguiendo una corazonada de engaño, Wolf entregó un número de amarre ligeramente distinto del que en realidad tenía el barco con los diamantes. Más valía prevenir que lamentar las consecuencias.


Amordi, 25 de Corantine de 1669.

Puerto de Kirk, en Vendel.


La noche era oscura y tranquila. Los marineros permanecían en la bodega preparados por si se producía algún altercado y tenían que salir arma en mano. Nicolette y el Mortero estaban en la cubierta de guardia para avisar al Capitán Wolf si se acercaba algún individuo sospechoso, mientras él les observaba al amparo de la entrada al castillo de popa. No quería que nadie le reconociese para no levantar sospechas sobre el barco.

Pasada ya la medianoche, Nicolette avisó al capitán de que algunas sombras se acercaban a hurtadillas donde habían dicho esa misma tarde que se encontraba su navío. Por lo que podía ver, más de una docena de hombres habían entrado en el otro barco armados hasta los dientes. El instinto del Capitán Wolf no se había equivocado, y el descarado asalto despertó en él la necesidad de devolver el agravio por semejante desfachatez.

Sin dudarlo, el capitán llamó a las armas a Blind y Nicolette y se lanzaron a la oscuridad de la noche para dar caza a los saqueadores. Como sigilosos zorros se acercaron al navío y rebanaron el cuello de los dos matones que guardaban la pasarela de embarque. Sin perder más tiempo, el avalonés y el vendelino subieron a la cubierta mientras la eisena buscó un acceso trepando por las amarras. Al no encontrar resistencia en la parte superior, Wolf y Blind tomaron la escalera que conducía hacia la bodega donde finalmente se cruzaron con los bandidos. El combate empezó con furia y frenetismo. Múltiples aceros se cruzaban con las espadas de los dos marineros, pero ellos supieron aprovechar la ventaja del espacio reducido. Con mortales y precisos ataques, Blind derribó a muchos enemigos como si se tratara de un torbellino impulsado por una inusitada furia. Asombrado por la rabia de su compañero, Wolf le asistió y protegió en la defensa mientras él continuaba con su imparable avance. La multitud de torpes villanos no podía rivalizar con sus destrezas y rápidamente quedó el piso cubierto con sus lacerados cuerpos. En el momento que cayó el último bravucón, los dos oyeron el chirriar de una trampilla y tres nuevos enemigos salieron por ella.

Los tres individuos eran gemelos idénticos que lucían unas extrañas vestimentas propias de otras tierras, de colores chillones y que les perfilaban un cuerpo ágil y musculoso. Sin lugar al respiro, uno de los tres se lanzó contra los dos marineros y con una extraordinaria pirueta se colocó tras sus espaldas preparado para el ataque. Simultáneamente, los tres asesinos acometieron contra Blind en un abrir y cerrar de ojos, sin darle tiempo a preparar su defensa. Reaccionando a tiempo, Wolf consiguió desviar el primer ataque a su compañero pero lamentablemente los otros impactaron en el sorprendido vendelino hiriéndolo gravemente. Sin descanso, los diestros matadores continuaron asestándole al pobre mercader cuantiosas heridas mutilándole el brío hasta dejarlo tumbado al borde de la muerte. El Capitán Wolf contraatacó hiriendo a uno de los villanos para reclamar la atención de los tres sicarios, consiguiendo alejar la acción de su amigo caído, mientras Nicolette, que había conseguido entrar por una escotilla, retiró al cuerpo inerte al amparo de una sombra contigua. Rápidamente la habilidad y mayor número de enemigos empezó a hacer mella en el capitán que encajó un par de feas heridas. Buscando un terreno más favorable, Wolf subió a toda prisa las escaleras hasta llegar de nuevo a la despejada cubierta. Aprovechando su anonimato, la eisena atacó al tercer de los villanos con su singular arpón consiguiendo atraparle e interrumpirle la persecución. Mientras para ellos dos el combate continuaba en la cubierta inferior, el avalonés trepó por los obenques del palo mayor en busca de una ventaja. El primero de los asesinos le siguió en su asenso por las cuerdas, mientras el segundo de ellos cortó un cabo tensado para salir catapultado y remontar hasta la plataforma superior. Aunque de nuevo Dylan Wolf estaba acorralado, por fin había conseguido encontrar su oportunidad y estaba dispuesto a plantar cara a esos matarifes. El avalonés se lanzó contra su inmediato perseguidor agarrándose a su cuello y cayendo los dos en el vacío de la noche. Aprovechando la inercia de su salto, el capitán consiguió controlar a su enemigo en el aire y amortiguar todo el golpe con su cuerpo cuando impactaron contra la cubierta de madera. Recuperandose primero de la caída y sin dejar que su rival recobrara el aliento, Wolf desenfundó su pistola y le disparó a bocajarro aprovechando que aún estaba tumbado en el suelo. Para su desgracia el tiro no fue lo suficiente certero y el malvado consiguió reponerse, levantarse y asestar al desarmado capitán otro fatídico corte. Antes de que pudiera reaccionar, Wolf recibió un fortísimo golpe en la cabeza y quedó inconsciente a los pies de sus rivales. El villano de la plataforma había saltado desde todo lo alto para caer encima del desprevenido Capitán Wolf.


Guerdi, 12 de Septimus de 1669.

Puerto de Kirk, en Vendel.


Dylan Wolf se había despertado hacía unos días en su cama con su cuerpo completamente dolorido, para encontrarse que el Padre Diego le estaba aplicando unas curas en las recientes heridas de su torso. Este le explicó que los bandidos se habían largado sin rematarles al escuchar que la guardia del puerto se acercaba a toda prisa, y que Nicolette, que había conseguido dejar fuera de combate a su contrincante, se había encargado de llevarle a él y a Blind hasta su barco. Debía de guardar reposo pues estaba muy malherido y la recuperación sería larga. Evidentemente, Wolf hizo caso omiso a los consejos del Padre Diego y no pudo más que aguantar un par de días antes de levantarse y continuar con sus intenciones.

En las jornadas siguientes finiquitaron el trato de los diamantes, vendieron el barco y reunieron los dineros de la tripulación para hacerse con un nuevo buque más apropiado para sus aventuras. Solo faltaba reclutar más tripulación, que podría ser encontrada entre los poblados Vestenmannavnjar de las costas del archipiélago vendelino, y cargar el navío con las indispensables provisiones. Aprovecharon también para indagar acerca del perdido “Sea Wolf” y el Capitán Shark, pues no solo Wolf y Blind estaban decididos a recuperar su posesión, sino que Nicolette estaba muy interesada en ajustar cuentas con el susodicho marino. Los rumores indicaban que podían ser encontrados por las aguas cercanas a la remota Ussura y tomaron nota para futuros viajes. Por último se habían interesado por descubrir algo acerca del misterioso artefacto recuperado de la Isla del Diamante de Sangre. Para ello Blind recurrió a un conocido suyo, Boli Kollsom, un objecionista adepto de la magia Laerdom que les aconsejó visitar a una olvidada ermitaña. Gunrud Stigandsdotirr era una encantadora y casi milenaria viejecita que ejercía de arúspice para las arcaicas comunidades locales y solo les explicó que el artefacto tendría un gran impacto en su futuro. Con más dudas que respuestas abandonaron la cueva de la viejecita y volvieron a la ciudad de Kirk para ir a buscar el nuevo navío, pues todo parecía indicar que, por el momento, el destino más claro eran las costas ussuras del Mar del Comercio.


martes, 25 de septiembre de 2007

Capítulo IV

“Jack, los tres forasteros y el tallo de habichuelas”

Primera parte.


Érase una vez, en un triste lugar muy y muy lejos de aquí, el hambre y la pobreza hostigaban a los habitantes de esas tierras. Un día, tres forasteros llegaron a la pequeña casa de una madre y su hijo que a duras penas sobrevivían después de la muerte del padre. Los forasteros, que provenían de un lugar muy distinto a ese, eran un soldado, un mercader y una marinera, y se apenaron mucho al encontrarse con que la mujer y el chico estaban terriblemente hambrientos pues hacia muchos días que no comían. El chico, que se llamaba Jack, les contó que ya no les quedaba dinero y que no sabían que hacer para conseguir más alimento. Después de eso, los forasteros se marcharon muy afligidos con la intención de arreglar tan lamentable asunto.

Mientras recorrían un tortuoso camino, los tres pensaron en como podían conseguir una gran riqueza en un sitio tan miserable como ese, hasta que el soldado recordó que un gigante había azotado esas tierras despojándolas de casi todas sus riquezas, y que se había refugiado en las nubes para vivir con sus tesoros. Al hablar de eso, al mercader le vino a la cabeza que por aquellos parajes se podía encontrar a un hombre que vendía objetos maravillosos, y que quizás alguno serviría para llegar a la guarida del coloso. Por último, la marinera explicó que si querían encontrar a ese hombre, por allí cerca había una gran ciudad donde podrían preguntar por su paradero. Así pues, los tres forasteros aceleraron su paso un poco más alegres por haber encontrado una posible manera de ayudar a Jack y su madre.


“Jack, los tres forasteros y el tallo de habichuelas”

Segunda parte.


La gran ciudad se erigía en medio de la naturaleza como un sumidero de corrupción y podredumbre que marchitaba todo lo que era vivo y bello. Los deteriorados edificios se apiñaban los unos a los otros en sinuosas construcciones de manera que las calles se volvían complejos laberintos por donde perderse. Los desechos y escombros de sus habitantes se acumulaban por doquier contaminando el suelo y las aguas, dejando así un asqueroso rastro que se extendía por el río. Los seres que allí malvivían eran tristes sombras de lo que una persona debería ser, bien por la sofocante miseria que la mayoría sufría como por la exuberante riqueza que una minoría derrochaba. En esa ciudad todo era gris, todo era feo.

Preguntando, los forasteros descubrieron que el hombre que vendía objetos maravillosos había sido secuestrado por una banda de criminales que se hospedaba en una posada. Esa posada se encontraba en el barrio más peligroso de la ciudad, pero sin dejarse amedrentar por el hecho, dirigieron sus pasos hacia donde les habían indicado. En la entrada del edificio, un par de fornidos matones se erigían como una barrera a superar para quien buscase el acceso sin permiso. Al ver la pinta de pocos amigos que tenían, la marinera intentó deshacerse de ellos empleando su fuerza bruta, pero estos no tardaron en dejarla fuera de combate. Viendo que eso no servia y sabiendo la condición vil de la gente de tal calaña, el soldado se acercó y utilizo la seducción del dinero para conseguir el permiso.

Aquel antro apestaba a humo y orines, y estaba repleto de la peor gente que uno podría imaginarse. Los asiduos amontonaban las sucias jarras en sus mesas, la bebida se derramaba por los suelos y los borrachos dormían entre la mugre. En medio de la sala, el cabecilla de los criminales bebía y gritaba con sus hombres más por la costumbre que por un motivo de alegría, pero todos callaron cuando el soldado se acercó a ellos y, ofreciéndole una jarra de cerveza al jefe, le propuso un trato:

- Necesito hombres arrojados que estén dispuestos a luchar, y según me parece, vosotros podríais ser los adecuados ¿Estoy en lo cierto?

- Ummm… te escucho - respondió mirándole fijamente en los ojos.

- Por vuestro aspecto diría que estáis cansados de vivir en esta tierra arruinada y que con gusto afrontaríais un desafío que promete mucho - dijo el soldado en voz alta para centrar la atención de los oyentes antes de soltar su farol - Se donde y como encontrar oro a raudales…

El silencio se rompió por un mar de murmullos y comentarios del gentío que el cabecilla finiquito con un seco golpe en la mesa - ¡Continua, por Theus!

- También se que en vuestras manos se encuentra un hombre que tiene algo que necesito, y si me dejáis hablar con él, iremos juntos a buscar ese tesoro para repartirlo entre los que nos acompañen.

El malhechor se levantó y echo su silla a un lado y, después de reflexionar unos segundos en los que el soldado le escuchó murmurar que eso le traería problemas con su jefa, aceptó provocando gran regocijo entre sus subordinados.

Los maleantes llevaron al soldado y al mercader en presencia del hombre secuestrado, y a pesar de su lamentable estado por las continuas palizas recibidas, consiguieron unas habichuelas mágicas a cambio de su rescate. Esas habichuelas, después de ser sembradas y del transcurso de una noche, se transformarían en un gigantesco tallo que les permitiría llegar hasta el horizonte de las nubes donde se encontraba la fortaleza del gigante tirano.


“Jack, los tres forasteros y el tallo de habichuelas”

Tercera parte.


Los tres forasteros y los malhechores llegaron a la casa de Jack y su madre, pues era el sitio donde las habichuelas debían ser sembradas, y esperaron el pasar de una noche.

Por la mañana siguiente, se dieron cuenta de que un gigantesco y anudado tronco se erguía donde en el día anterior solo yacía la hierba. Encabezados por Jack, que el hambre le había forjado una gran habilidad para la discreción y el hurto, todos empezaron a trepar por las retorcidas ramificaciones de la monstruosa planta. Mientras subían y la altura crecía, la sensación de vértigo y de mareo crecía en el interior de los insensatos que echaban un vistazo por el trayecto ya recorrido, y la casa de Jack se iba empequeñeciendo hasta desparecer tras la cortina de nubes blancas. Cuando llegaron al final del tallo, un infinito manto de pálidos y tupidos nubarrones se extendía a sus pies por el que transitaba un camino que llegaba hasta lo que parecía ser un punto oscuro en la distancia. Empezaron a recorrer la senda recortando la distancia que los separaba del lejano punto, hasta que este se definió en una inmensa y terrible fortaleza.

Jack se adelantó a los otros que guardaban una distancia con el castillo, y entró raudo en busca de objetos valiosos. El tiempo pasó y los que esperaban afuera empezaron a temer por el éxito de la empresa y la integridad del chico, hasta que un aterrador grito retumbó dentro de las murallas y Jack salió corriendo como un loco. El chico corría tan rápido como podía mientras intentaba no perder una bolsa con monedas de oro, una gallina y un arpa dorada que sostenía como podía para escapar del horrible gigante que le perseguía. Al ver el horripilante enemigo que se les echaba encima, los maleantes dudaron de si quedarse o huir por patas, hasta que el soldado se interpuso en el camino del coloso y le cortó el paso mientras esquivaba sus ataques. Acto seguido, el mercader y la marinera se sumaron al ataque del gigante y poco después los bandidos hicieron lo mismo siguiendo las ordenes de su cabecilla. Mientras Jack ya bajaba por el tronco, una lucha feroz se disputaba para detener el avance del tirano y múltiples cuchillazos mellaban sus piernas mientras este despedazaba oponentes a golpe de garrote.

Cuando la confusión fue mayor, los forasteros aprovecharon la oportunidad para huir del combate y dejaron que el mal luchase contra si mismo. Bajaron a toda prisa por el tallo y cuando llegaron a tierra firme empezaron a talar la planta hasta que esta se desplomó por su propio peso, causando un terrible estruendo y arrasando con todo lo que encontró su caída. Pero aún no había terminado todo, porque la jefa de los malhechores les estaba esperando en la casa y exigió su rendición a cambio de la vida de Jack y su madre. Con lo que ella no contaba era que el mal no solo golpea a las buenas personas, sino que también corroe a sus allegados, y mientras el soldado hablaba con la malvada mujer, esta perdió los nervios en un ataque de ira y el mercader aprovechó el momento de descuido para lanzarle una daga que la hirió profundamente. Por fin, Jack y su madre estaban a sano y salvo, y con lo recuperado consiguieron vivir felices el resto de sus días, ya que no solo consiguieron el oro de la bolsa, sino que la gallina ponía un huevo de oro cada día y el arpa tocaba sola y con su música alegraba todos los días.


Amordi, 3 de Corantine de 1669.

Isla del Diamante de Sangre, en el Mar de la Espuma.


El barco surcaba entre los arrecifes de coral como un ágil delfín, y se disponía a encarar su próximo destino: Vendel, la nación donde todo podía ser comprado y todo podía ser vendido. La tripulación faenaba en los aparejos contenta no solo por marcharse de esa maldita isla, sino también por la carga que habían encontrado en la ausencia de Wolf y sus compañeros. Una gran caja repleta de diamantes aguardaba en la bodega a ser repartida entre los marineros que ansiaban ya el próximo puerto. En esa isla pero, no solo habían hallado piedras preciosas, ya que con la ruptura de la maldición sidhe habían encontrado también un extraño artefacto en forma de disco que portaba unas misteriosas inscripciones. Quizá en las tierras vendelinas encontrarían a alguien que les podría explicar qué era ese objeto y para qué servia, y de paso preguntarían por el perdido “Sea Wolf” y su nuevo capitán. Lo que aquellos marineros no sabían era que con el fin del enigma de la isla no todo lo malo había terminado, pues mientras el navío se alejaba una pandilla de malhechores lo observaba con odio en su mirada, ya que con la conclusión de la fábula también ellos habían escapado…


lunes, 17 de septiembre de 2007

Capítulo III

Redi, 13 de Julius de 1669.

El Mar de la Espuma.


“Aprovecho la tranquilidad de esta tarde de navegación para recapitular y tomar algunos apuntes de lo sucedido en los últimos días.

“Partimos de la Isla de la Montaña Vacía el Terdi de la semana pasada, con prisas y sin muchos preparativos para no dar la oportunidad a los soldados montaignenses de recuperarse y venir a por nosotros. El barco de Don Juan del Castillo no es muy grande, favoreciendo que se pueda gobernar con tan menguada tripulación, pues solo somos 11 marineros empezando por el grumete más joven y finalizando por al oficial al mando. Puesto que es propietario del navío, lo conoce mas bien que nadie y lleva muchos años a sus espaldas en el oficio, asumí las funciones de contramaestre y le dejé la capitanía a Don Juan, pudiéndome centrar en las tareas de navegación y el repartimiento del último botín entre los marineros que estaban ya ansiosos por echarle mano.

“Nuestro rumbo, el continente. Oteamos el horizonte en busca de la última villa donde se podía encontrar el malogrado Sebastién Montfort. La idea de pisar tierra montaignesa no parece la más sensata, pero la llamada de la aventura es demasiado fuerte como para ignorarla, y no seria de buen avalonés quedarse en casa temeroso del porvenir. Sin duda, la Isla del Diamante de Sangre esconde algún misterio por resolver, y puesto que las incursiones marítimas por el Mar de la Espuma están tan caras últimamente, será este un interesante desafío a la espera de mejores tiempos.”


En los últimos días, el Capitán Wolf había vuelto a reflexionar en un tema que hacía largo tiempo que no recuperaba. Desde pequeño, se había dado cuenta de su carencia de emociones al enfrentarse a situaciones claramente peligrosas. Algunos de sus compañeros admiraban esa capacidad, pero él no había dejado de preguntarse el porqué de ello, y desconfiaba de esa habilidad puesto que no consideraba la falta de una alerta de peligro como un regalo de los dioses. El resto de los mortales sabían o intuían cuando una situación les podía costar muy caro o incluso la vida, aunque a veces eso estaba lejos de poder ocurrir, pero Dylan Wolf simplemente no percibía nada. Le era lo mismo estar sentado tranquilamente en una piedra como colgar de una mano del mástil más alto de un barco. Eso no podía ser del todo bueno, y algún día, pensaba él, le originaría algún disgusto.


Soldi, 16 de Julius de 1669.

Puerto de la ciudad de Crieux, en Montaigne.


Los tres hombres y la mujer subieron a toda prisa al barco con el fajo entre sus manos e inmediatamente despertaron al resto de marineros para levar anclas y abandonar en medio de la noche la ciudad. Aunque nada demasiado extraño había ocurrido a lo largo del día, los cuatro tenían una sensación levemente desagradable de que lo ocurrido hacía poco rato estaba envuelto de un mal fario, y en esos momentos solo querían dejar atrás lo más rápido posible la isla.

Durante ese mismo día, sus investigaciones les habían llevado a aquel misterioso árbol. En medio del campo sus raíces se aferraban al suelo con nudosos dedos y sus peladas ramas se alzaban a la noche como si clamaran por los actos que iban a cometer los allí presentes. El viento soplaba en la fría oscuridad agitando el pasto, aunque un incómodo silencio reinaba por los alrededores. Después de pensarlo dos veces, Nicolette y el Mortero empezaron a cavar con las palas sin saber qué buscaban o qué podían encontrar. En esa extraña ausencia de sonido ambiental, los rasguños del metal en la tierra se escuchaban perfectamente tanto desde la distante posición de Dylan Wolf, como de la diametralmente opuesta de Blind. Aunque aparentemente los marineros no estaban haciendo nada malo, los dos se habían camuflado entre las hierbas al acecho de visitas inoportunas en esa desangelada velada.

En esos solitarios momentos, Wolf pensó en qué podía haber visto un hombre como Sebastién Montfort para huir de la Isla del Diamante de Sangre en medio de la locura, empujándole a borrar cualquier rastro de lo acontecido y que, pese a un largo tratamiento médico, solo encontrara el descanso por medio del suicidio. El recuerdo de la visión de la lápida del difunto en el cementerio de la ciudad le erizó levemente los pelos de la nuca, y se esforzó en no pensar en tan funestas reflexiones.

Finalmente, la pala del Mortero golpeó en un objeto duro que había sido enterrado en lo profundo de las raíces. Con la ayuda de Nicolette, lo sacaron del hoyo y lo dejaron temerosos de su contenido. Al escuchar la señal, los otros dos se acercaron raudos y se quedaron todos de pie mirando en silencio lo que Monfort había escondido del mundo antes de quitarse la vida en ese mismo árbol. Quizá por el incómodo de la situación, Nicolette no pudo estarse de atizar al candado con su pala y este cedió al golpe. Inmediatamente, Wolf evitó que abrieran su tapa, y recomendó a los marineros investigar su contenido en la seguridad de su barco. Asintiendo, envolvieron el cofre con unos trapos, volvieron a tapar el agujero y se fueron con prisa de ese tenebroso lugar.

Allí, en el camarote del capitán y en medio de alta mar, los presentes extrajeron su contenido con el mismo respeto de quien saca un finado de su caja. En el interior del cofre encontraron las notas que el infortunado montaignés escribió en sus últimos días. Aunque el contenido causó un poco de desencanto entre la concurrencia, pues la imaginación había suscitado ya dispares hipótesis de cual podía haber sido el legado, Wolf tomó con deferencia las cartas y se dispuso a estudiarlas para poder establecer un rumbo hacia su próximo destino, la misteriosa Isla del Diamante de Sangre.


Veldi, 2 de Corantine de 1669.

Isla del Diamante de Sangre, en el Mar de la Espuma.


El agua estaba fría para aquella época del año, pero en esas latitudes las corrientes provenían de las zonas árticas, y el clima en general mantenía durante todo el año un deje distante y apático. Los marineros se agolparon alrededor del bote que estaba lleno a rebosar de todas las provisiones y armas que habían podido salvaguardar antes de que el barco se hundiera completamente. El chasquido de la madera cuando el casco chocó contra los arrecifes de coral tomó a la mayoría por sorpresa, y hubo poco tiempo para reaccionar y hacerse con lo imprescindible. Ahora nadaban hacia la isla empujando el bote, mientras el navío de Don Juan se hundía sin remedio en las profundidades del Mar de la Espuma.

En la distancia, la Isla del Diamante de Sangre no parecía un lugar muy acogedor y cierto halo de inquietante tranquilidad revoloteaba en el desolado sitio. Mientras nadaban, los hombres podían ver las abandonadas casas de la colonia que se había instalado hacía muchos años para trabajar en las minas de plomo y diamantes. Los grandes edificios de la industria así como la larga chimenea del horno de fundición sobresalían de la vegetación de la isla. Esta disponía de muy pocos accesos ya que estaba casi completamente rodeada de altos arrecifes, y la entrada mas importante estaba resguardada por un par de gigantescas puertas de hierro que solo el ingenio y la mecánica podía desplazar. Uno no podía adivinar si esas intimidadoras puertas estaban allí cerradas para evitar que alguien o algo entrara en la isla, o si pretendían evitar que más bien alguien o algo saliera de ella.

Gracias a los esfuerzos de los marineros más vigorosos, consiguieron abrir el acceso mediante un sistema de poleas alojado en las torres laterales. Recelosos de lo que podían encontrar dentro de esa inquietante isla, los marineros esperaron empuñando sus mosquetes con el bote y las provisiones mientras Nicolette se adentraba nadando por el canal que llevaba hacia una inmensa y sombría gruta. El tiempo pasaba y los síntomas de intranquilidad empezaban a aflorar en los hombres cuando por fin regresó la eisena de su incursión. Prefiriendo que el resto conociera lo que allí había por sus propios ojos más que por sus palabras, les despejó las dudas para que todos se echaran de nuevo al agua y se adentraran en la cueva. Las escarpadas paredes de la caverna se alzaban amenazantes hacia su lejano techo conformando una inmensa gruta, como si en realidad todo fuera una gran montaña vaciada por dentro. Cuando los ojos de los recién llegados consiguieron adaptarse a la súbita oscuridad del interior, sus corazones quedaron oprimidos por la fantasmagórica presencia de un enorme navío. El Lucrenza V, amarrado al lado de un embarcadero de mercancías abandonado, parecía que esperara eternamente la llegada de alguna tripulación espectral para partir hacia lo desconocido. El sobrecogedor silencio que reinaba en todo el lugar fue respetado por todos los marineros que no querían profanarlo mientras se acercaban a un buen punto para tomar tierra.

Amarraron el bote y empezaron a descargar sus armas y provisiones, mientras algunos exploraban las cercanías del muelle. Descubrieron junto a unas chozas de madera que había un rail para transportar los efectos en vagonetas. Las vías se adentraban en un pasadizo excavado en la roca y se perdía su rastro en la densa negrura. Iluminados por la antorcha que sostenía Blind, Wolf, Nicolette y el Mortero empezaron a recorrer ese camino que conducía a lo oculto. Los cuatro aseguraban sus pasos sin prisas intentando otear lo que la oscuridad intentaba esconder. Al fin, entre las tinieblas apareció un montacargas metálico que colgaba de una gruesa cadena, y después de cerciorarse de su buen estado, se montaron y con la fuerza del eiseno empezaron a remontar el conducto vertical. El avance era lento y el ruido de las cadenas desgarraba el sepulcral silencio. La única luz en toda la ascensión fue la que portaban con ellos mismos, hasta que poco antes de coronar la cima, los rayos solares iluminaron la parte final del recorrido. En su llegada encontraron una desolada habitación de piedra y madera, que por lo que parecía había sido utilizada hacía ya tiempo como almacén. Con suma cautela descendieron del elevador y empezaron a indagar por la estancia y sus adyacentes. Al cabo de poco confirmaron que el edificio estaba completamente desierto y por las ventanas se dieron cuenta de que el poblado que habían visto desde la mar se encontraba ahora justo a su lado.

El pueblo fantasma evocó un inesperado recuerdo en el corazón de Dylan Wolf. Aunque era un sitio sin duda rudo y desolado, un leve sentimiento de familiaridad empezó a brotar en su interior sintiéndose un poco más cerca de su tierra natal. Quizá era la luz mortecina que llegaba filtrada por las omnipresentes nubes en el cielo, o la humedad que flotaba en el aire por la neblina cercana, o quizá la extraña calma provinente de la exuberante naturaleza que intentaba recuperar el terreno perdido por la mano del hombre. No era capaz de descifrar el qué, pero había algo allí extraño…

De repente, un par de ojos se vislumbraron en las sombras de un viejo caserón. Al ser detectado, el desconocido huyó raudo como el viento, y Nicolette le siguió en su huida. Los otros se quedaron perplejos, incapaces de reaccionar a tiempo, y se quedaron a esperar la vuelta de la eisena. Al cabo de poco, la chica reapareció y por asombro de todos lo hizo acompañada por lo que parecía una especie de duende alado que luchaba con todas sus fuerzas por liberarse de su tosca opresora. Inmediatamente, Wolf reconoció qué era ese insólito ser, pues se trataba de un sidhe, misteriosa criatura propia de las tierras de Avalon que pertenecía a una realidad paralela tan fantástica y fascinante como desconocida y peligrosa.

“Los inmortales sidhe son una de las mas antiguas razas de Théah, sin mas historia conocida que las viejas fábulas y leyendas” - explicó al resto Wolf.

“Con la llegada del hombre abandonaron sus tierras para marcharse a su mundo, Bryn Bresail, pues no querían convivir con seres tan extraños, aunque antes de partir nos dejaron como herencia la maravillosa magia del Glamour. Pese a su rechazo por el hombre, abrieron puertas entre los dos mundos pues tenían curiosidad por ver como se desarrollaba el nuevo mundo. Estas puertas podían ser encontradas en los bosques encantados, círculos de hadas y otras localizaciones místicas de las Islas del Glamour.

“Después llegó la invasión de Montaigne, y los sidhe cerraron por completo esos accesos durante largo tiempo. No fue hasta la llegada de la Reina Elaine y la liberación de Avalon que los sidhe retornaron de su aislamiento, aunque algo había cambiado en ellos. Alguien que hubiese vivido en los tiempos de leyenda los vería ahora más fríos, algo más crueles, pues su tierra había sido afectada por la era moderna y consideraban que ya nunca volvería a ser suya completamente. Hoy en día, los avaloneses no sabemos si este cambio va a tener efectos permanentes en Avalon, pero es conocido que los inmortales no suelen sufrir transformaciones, y cuando estas ocurren, nunca es bueno”

Después de que Nicolette soltara al duende por petición de Wolf, el sidhe le explicó que necesitaba su ayuda para poder volver a su mundo. Todo empezó en los tiempos en que Sebastién Monfort y su socio, el avalonés Alan Grey, descubrieron que en la isla no solo había plomo y diamantes, sinó también extrañas reliquias de civilizaciones olvidadas. El descubrimiento despertó la avaricia de una vodaccia llamada Filipa Villanova, comerciante de objetos antiguos o, mejor dicho, ladrona de tumbas, que por medio de la seducción y el engaño intentó hacerse con dichos tesoros. Grey, que era un avanzado mago del Glamour, descubrió las malas intenciones de Filipa y esta intentó asesinarle para hacerle callar. El avalonés se defendió usando su magia y encerró a la vodaccia en el mundo de los sidhe. Luchando para escapar de esa prisión de mitología y fantasía, donde sus habitantes eran los legendarios personajes de eternos cuentos y leyendas, Filipa empezó a distorsionar el desarrollo de esas fábulas afectando no solo a esa dimensión si no también a los portales que comunicaban los dos mundos. Desde ese momento, la isla quedó atrapada en un aura mística y es imposible salir de ella hasta que se restablezca la normalidad. Para ello es necesario que los cuentos vuelvan a terminar de la forma que deben y en estos momentos solo queda por remendar la famosa historia de “Jack y el tallo de habichuelas”. El duende les pidió si podían hacerlo ellos, aunque de corazón les advirtió:


“Señores tened cuidado,

pues el cuento ha cambiado,

y lo bello y hermoso,

podría ser horroroso…”


Los marineros deshicieron el camino hecho y siguiendo las indicaciones del duende llegaron a la zona que servía de enlace entre el mundo real y el mundo de leyenda. Se trataba de una pequeña gruta en las entrañas de la mina donde Alan Grey había descubierto un artefacto syrneth y que posteriormente había acondicionado como lugar de estudio y descanso personal.

En esas profundidades, una tenue neblina débilmente iluminada por las linternas otorgaba a aquel paraje un aire lúgubre y misterioso. Estanterías de maderas llenas de libros y cuentos cubrían la mitad de las paredes y unos tablones impedían que el techo se viniera abajo. Las estalactitas y estalagmitas sobresalían por doquier excepto en el centro, donde descansaba una extraña escultura de piedra. Con la espalda echada encima de un escritorio de roca, un hombre recibía una puñalada en la tripa por parte de una bella mujer que le atacaba con furia en la mirada. Atrapado entre la mesa y el varón, un libro abierto que podía reconocerse como la fábula de “Jack y el tallo de habichuelas” recibía la sangre que manaba de la herida mortal. La composición estaba tallada de una forma tan magistral y siniestra a la vez que retenía todo el frenetismo y el movimiento de la lucha como si la misma realidad se hubiera congelado sin más. Nicolette se acercó a la estatua mientras Wolf y Blind echaban un ojo a la sala, y en cuanto tocó el libro aprisionado, desapareció sin omitir sonido ni dejar rastro. Al descubrirse solos, los dos hombres se miraron confusos y oteando con desconfianza las inmediaciones se acercaron a la escultura. Después de examinarla con cuidado e intuyendo que el misterio residía en el libro, repitieron la acción de la eisena y en abrir y cerrar de ojos entraron en lejano y enigmático mundo de las leyendas.



viernes, 31 de agosto de 2007

Capítulo II

Amordi, 3 de Julius de 1669.

Prisión de la Garra, en el Mar de la Espuma.


Los dos guardias miraban el pabellón de ejecuciones apoyados en la barandilla de una pasarela en el piso superior.

- ¿Ese es el recién llegado, Pierre? - le preguntó a su compañero.

- Sí, parece que el Capitán Étalon no quiere desaprovechar la oportunidad de fusilar al preso mientras el Director esté de viaje.

- ¿Y porqué quiere hacer eso?

- Mi primo me ha contado que ese pirata ya pasó por esta prisión un par de veces, y que misteriosamente en las dos consiguió escapar sin dejar rastro - y acercándose a su oído y tapándose la boca con una mano, le susurró - También me ha dicho que en realidad consiguió sobornar al Director y que este le arregló la fuga.

- ¡Venga ya, Pierre, ya estamos otra vez con las patrañas de tu primo! - dijo empujándole irritado - ¡El Director es un gentilhombre honrado, y jamás se desviaría de su deber! ¡Y por cierto, tu aliento apesta!

- ¡Eh, tranquilo! ¡Yo solo te cuento lo que se! ¡¿O es que no tenía razón mi primo cuando dijo que el cura castellano había sido corsario, cirujano y espía antes de ser encarcelado?!

- Ya, pero… ¿el Director? - le respondió entre la duda y la incredulidad - Bueno, aquí te dejo. Ahora que me has hablado de él, he recordado que tengo que acompañar al Padre Diego en su visita semanal con los presos del segundo piso.

- ¿Con los del segundo? Vaya faena, ten cuidado con el Mortero, que últimamente está más cabreado que de costumbre. ¡Ese te rompe el cuello con una sola mano si te descuidas! - le advirtió haciendo un brusco gesto con la mano.

- Por suerte, hoy el Padre Diego me ha dicho que tiene jaqueca y que solo quiere ver a los oficiales de la celda VII.

- Esos ya llevan un tiempo aquí, ¿no?

- Si, creo que más de un año, seguramente dentro de poco pasaran ellos por la sala de ejecuciones si continúan llegando presos con la frecuencia de los últimos meses. Parece que realmente el Rey Sol ha conseguido limpiar el Mar de la Espuma de piratas y corsarios.

- Aún recuerdo el día en que vi por primera vez el culo de esa eisena. La verdad es que se lo he visto pocas veces más a lo largo de este tiempo. Solo cuando el Capitán Étalon la sacaba de la celda para descargar su mala leche con el látigo… ummm… que morbo… - dijo el guardia con la mirada perdida mientras se recolocaba la entrepierna.

- Sabes, Pierre, eres un salido…


Terdi por la noche, 4 de Julius de 1669.

Prisión de la Garra, en el Mar de la Espuma.


En esa tormentosa noche de verano, los presos se mantuvieron en la más absoluta calma hasta que llegó el momento.

Cuando el Teniente Georges D'Argeneau abrió la puerta del calabozo para que el Padre Diego de Orduño saliera al finalizar sus oficios, unas manos salieron de la nada y le atraparon con fuerza las muñecas. Aún con la cara de sorpresa puesta, vio como la eisena empujaba la puerta con todas sus fuerzas y le machacaba contra la reja de la celda. Al ver lo que pasaba, su compañero soltó la voz de alarma mientras el maltrecho teniente desenvainaba su acero y se deshacía de su agresora con un corte. Incitada por la anhelada libertad, y a la vez por el punzante dolor de la herida, Nicolette le atizó un gancho en la barbilla dejando al joven oficial tendido de un solo golpe en el suelo. Mientras Blind recogía las llaves y liberaba a los otros prisioneros, un acto más estratégico que altruista, y Dylan Wolf se hacía con la espada del teniente caído y aseguraba el pasillo, la feroz eisena tumbó al soldado restante rompiéndole la nariz con un fuerte puñetazo.

Acto seguido, un pelotón de guardias del piso inferior se interpuso en el camino de los fugitivos. Wolf y Blind se adelantaron para hacerles frente, pues eran los únicos que llevaban estoques. Blind encaró al oficial del pelotón mientras Wolf se quedaba con el resto de hombres. Las espadas empezaron su baile y los guardias montaignenses cayeron a su avance. En poco tiempo el pasillo quedó limpio y la manada de presos liberados bajó al resto de niveles sin orden ni cuidado. Cuando estos llegaron al piso más bajo, un estruendo se escuchó por toda la torre y media docena de presidiarios cayeron muertos por la ráfaga de los mosquetes.

Cuando Blind llegó al primer piso, y viendo que algunos marineros del “Sea Wolf” estaban aún encerrados en algunas de las mazmorras, se les acercó con las llaves del segundo teniente vencido y les liberó de su cautiverio. Mientras tanto, Wolf vio que en la planta baja los guardias que habían disparado la ruidosa descarga estaban recargando a toda prisa sus armas. Sin perder un segundo, con espada y antorcha en mano, se lanzó desde la barandilla para caer encima de los infortunados soldados en un acto de puro arrojo. En medio del estruendo, los guardias soltaron sus armas de fuego e intentaron reducir al avalonés con sus hierros, pero lejos de conseguir su cometido, el osado capitán blandió su antorcha resguardando su posición y amedrentando a la docena de hombres que lo rodeaba. Algunos de ellos intentaron romper la defensa de Wolf solo para encontrarse con su estoque clavado en sus carnes, y los soldados empezaron a caer tan pronto como intentaron un avance.

Viendo que un nuevo pelotón de guardias se preparaba para disparar por la espalda a Wolf, Nicolette dejó a un lado al Padre Diego, al que había estado protegiendo hasta el momento, para hacerse con un banco de madera y arremeter contra los soldados en una carga furiosa. La mitad de los armados quedó inconsciente cuando quedaron aplastados contra la pared, y el resto tuvo que lidiar con la iracunda eisena.

Wolf blandía su acero como un torbellino. Los soldados se agolpaban a su alrededor como los chacales se lanzan contra su presa, pero no se trataba de un ser cazado sino de un cazador, que con cada zarpada liquidaba tres adversarios más. Cuando los marineros del “Sea Wolf” llegaron al piso inferior, solo quedaba un único hombre que limpiaba su espada de la sangre de un cúmulo de cuerpos moribundos.

Con el camino despejado, poco les quedaba a los fugitivos para llegar al despacho del director de la prisión donde se encontraba una salida segura de la cárcel. Como un rumor, se escuchaban los disparos que acertaban en los presos que huyan por la puerta principal del edificio en una carrera perdida campo a través. Delante de la puerta del despacho pero, quedaba un último escollo, el cruel Capitán Louis Étalon du Toille.

El Capitán era un hombre diferente. A pesar de su maldad, era evidente que si había llegado a su rango y estaba destinado en ese sitio, debía de ser por sus méritos y no por la bendición de su linaje, pensó Wolf. Cuando el combate comenzó, fue el avalonés quien primero se lanzó a su encuentro y las estocadas se intercambiaron causando gran mella entre los enfrentados. Al ver que se trataba de un enemigo duro de roer, Blind se sumó a la reyerta pues no se trataba de una disputa por honor. Étalon ciertamente, era un espadachín capacitado y superaba en destreza a los dos hombres con una espada en la mano, pero Wolf tenía un as en la manga para esas situaciones, y descargó el fuego del arma que había recogido anteriormente finiquitando al espadachín montaignés sin mayor contratiempo.

Dentro de la habitación del Director, los muebles caros se combinaban con la elegancia y decrepitud usual del gusto montaignés. La trampilla que conducía a la salida de la prisión no fue difícil de encontrar, así como un pequeño cofre que de buen seguro contenía el dinero ahorrado del corrupto Director. Los fugitivos huyeron por la portezuela que conducía a un largo pasillo esculpido en la roca viva, y dejaron atrás un largo año de confinamiento forzado en la prisión de la Garra.

No obstante, antes de salir al aire libre se encontraron con un macabro detalle en su trayecto. Después de caminar largo rato encorvados a través de la profunda negrura y solo iluminados por el débil resplandor de una vieja antorcha, apartando los pegajosos velos tejidos por desconocidos arácnidos y controlando los miedos de los compañeros más aprensivos, encontraron el esqueleto de un antiguo fugitivo que yacía en el fondo de un desnivel escondido traicioneramente en la oscuridad de la gruta. Cuando registraron los despojos de ese desventurado, encontraron una carta entre sus harapos. En el manuscrito, un tal Don Juan del Castillo se dirigía a su hermano para comunicarle las instrucciones de su inacabada huida y las ganas que tenía de volverlo a ver después de muchos años. Desgraciadamente, ese encuentro no se produciría nunca pues el infortunio se había cruzado con su hermano y este había terminado sus días en las entrañas de ese profundo pozo. Por sorpresa de todos, en la nota también se hacía referencia a una misteriosa isla llamada la “Île du Diamant du Sang”, y con tan sugerente nombre los fugitivos no dudaron en memorizarlo para futuros episodios.

Aunque antes de eso, claro, les quedaba una cosa pendiente. Huir de esa maldita isla…


Guerdi por la madrugada, 5 de Julius de 1669.

Acantilados de la Isla de la Huella, en el Mar de la Espuma.


- Tiene que llegar, por el amor de Theus, el Mortero tiene que llegar… ¡Eh! ¡Los de ahí abajo! ¡Los del bote! ¡Esperad al Mortero, por favor! ¡Esperadle! - gritaba desesperado el fornido fugitivo…

- No lo va a conseguir, el Mortero no lo va a conseguir… con esta maldita lluvia no le pueden escuchar… ¡Eh! ¡Esperadle! - chillaba como un loco mientras descendía por la ladera del acantilado intentando asegurar sus pasos en roca firme. Los hombres del bote, por su parte, empezaban a remar y se alejaban lentamente de las rocas luchando a duras penas contra el fuerte oleaje que arremetía en su contra.

- ¡No dejéis al Mortero aquí! ¡Por lo que más queréis, NO LE DEJÉIS AQUÍ! - y de pronto, el robusto eiseno vio como el hombre que estaba de pie en el bote empezó a gesticular a los remeros para que detuvieran su marcha mientras les indicaba en que punto se encontraba el grandullón en el despeñadero.

- ¡Sí! ¡Sí! ¡Ese maldito bastardo le ha escuchado y le esperan! ¡El Mortero ya solo tiene que lograr bajar de aquí como sea! - gritaba eufórico para sus adentros mientras aceleraba en lo posible su peligroso descenso por el acantilado.

De golpe, después de un corto y seco chasquido, la inmensa piedra donde estaba sujetado el fugitivo se separó de la pared de la montaña. La piedra y el hombre se precipitaron en el vacío iluminados por el destello de un relámpago cercano. En su caída, por la mente del eiseno pasaron fugaces algunos de los momentos de su vida. Sus días de batalla. Como se ganó sus infinitas cicatrices. Su encarcelamiento en la prisión de la Garra. Hasta que de repente vio por un instante las afiladas rocas que le esperaban en el fondo del abismo, y se encomendó a Theus o al Demonio, quien fuera que lo recibiera después de su ineludible muerte…



- ¡Uaaag! ¡El Mortero se ahoga! ¡¿Donde está el aire?! - pensó el desorientado fugitivo mientras luchaba contra la fuerza del agua. El oleaje era tan fuerte, que lo lanzaban de un lado al otro, estampándole contra las mismas rocas que el capricho del destino le había permitido evitar con la súbita crecida de la mar al paso de una ola gigante. A pesar de los duros golpes, el eiseno tenía una constitución extraordinaria y pudo sobreponerse al dolor recibido. Cuando pudo recuperar un poco de aire y su compostura, empezó a nadar hacia el bote que le esperaba a poca distancia de su caída.

Con el vaivén de las olas, había momentos en que la visión del bote desaparecía y solo la oscuridad de la noche y las aguas cercanas rodeaba al desesperado nadador. Con su último aliento, intentó lanzar su mano para alcanzar la barca y otra salió a su encuentro en el aire. Con la ayuda del resto de la tripulación, el exhausto fugitivo subió al bote, y sin dejar la mano de quien lo había recogido, le dijo:

- ¿A quién debe el Mortero su vida? - mirando directamente a los ojos de su interlocutor.

- Soy el Capitán Wolf, Dylan Wolf, y no me debes más a mí que al resto de estos hombres. Si no tienes a quien recurrir y respetas la lealtad, estás invitado a unirte a nosotros en nuestro viaje.

- ¡Que así sea pues, Capitán Wolf, y que mi destino quede ligado al de los vuestros!

Y los hombres reanudaron su remo para intentar salir del infierno marítimo donde se habían metido.



Amordi, 10 de Julius de 1669.

Isla de la Montaña Vacía, en el Mar de la Espuma.


Los marineros se dirigieron hacia el viejo molino por el sendero que les habían indicado en la taberna de la ciudad. Al llegar a la isla, no habían tenido ningún problema para recuperarse de su lamentable estado con el oro sacado del pequeño cofre. Del mismo modo, no les costó mucho conseguir información acerca de Don Juan del Castillo, puesto que era la única preocupación seria que tenían en mente. Dylan Wolf, Blind, Nicolette Whitesplit y el Padre Diego de Orduño llegaron al mediodía frente la morada del retirado Capitán.

Don Juan del Castillo era un hombre mayor, de unos 50 años, retirado ya hacía tiempo de sus funciones de capitán. Disponía aún de un barco abandonado en el puerto de la ciudad, puesto que era un fugitivo de la ley montaignesa por no aceptar ocuparse como espía contra su amada Castilla, y no se atrevía a acercase por si fuera apresado. Cuando el Padre Diego le comunicó la noticia de que su hermano había sido hallado muerto en su intento de fuga, el hombre la encajó con inevitable tristeza y visible desahogo después de tanto tiempo de vana espera.

Viendo que el Padre Diego no tenía la insensibilidad necesaria para sacar el tema en esos momentos, el Capitán Wolf no pudo resistirse a preguntar por la Isla del Diamante de Sangre. Sobreponiéndose a su reciente dolor, Don Juan contó que la isla había sido conocida por la desaparición de todos sus habitantes excepto de uno, que fue encontrado en un pobre estado mental y que se llamaba Sebastien Montfort. En su estado de locura, y para que nadie más viera lo que yacía allí, dedicó el resto de sus días en eliminar toda información relevante de la isla así como cualquier forma de localizarla. Como valerosos aventureros, cada palabra pronunciada solo servía para aumentar sus ganas por llegar a ella.

Antes de finalizar el relato, alguien se percató de que una cuadrilla de soldados montaignenses se acercaba a paso ligero por el camino. De inmediato, Don Juan entró asustado en su molino, y al cabo de poco, el resto le siguió. Cuando los uniformados llegaron, el oficial Bastion Allais proclamó la detención de Don Juan del Castillo en nombre del allí presente Gobernador de la isla, así como de todos sus colaboradores. La única respuesta que recibieron fue el vaciado de un orinal encima del cebado Gobernador.

Los soldados empezaron a golpear la puerta del edificio para echarla al suelo. Mientras tanto, Nicolette y Blind se preparaban en el interior para darles una complaciente bienvenida, y Wolf, siguiendo una corazonada, subió las escaleras para buscar una manera de acceder al tejado del molino. Cuando la puerta cedió, y aprovechando que tras sus órdenes el alboroto empezaba en las dependencias inferiores, el oficial montaignés intentó un rodeo valiéndose de las gigantescas aspas del molino para llegar hasta la parte superior del edificio.

Su sorpresa fue mayor cuando se dio cuenta de que su emboscada sería infructuosa, pues alguien le estaban esperando allí. Sin dejarse amedrentar, Allais desenvainó su espada e hizo frente a su oponente. Haciendo gala de una increíble destreza con el estoque, con un par de precisos movimientos rasgó la chaqueta de su rival lo suficiente para que por si sola se cayera y, sin la menor resistencia, se fuera arrastrada por las caricias del viento. Un acto de tal pericia habría impresionado a la mayoría de hombres, pero Dylan Wolf no era un hombre corriente, y en su cabeza tenía otros asuntos evaluando cuales eran sus mejores opciones. Una suave brisa corría por esas alturas, y el traicionero techo de tejas hacía muy difícil el movimiento. Estaba claro que eso era una oportunidad, solo tenía que esperar el momento oportuno.

Empezó el toma y daca de los espadachines, y en poco tiempo quedó clara la superioridad técnica del montaignés. Como maestro de la famosa escuela de esgrima Valroux, era mucho más rápido y mucho más diestro que el avalonés. Después de un par de heridas, el oficial aprovechó un agujero en la defensa de Wolf para desequilibrarle con el hombro y hacerle caer del edificio.

Wolf no era el más diestro, pero si encajaba bien lo golpes, y sin grandes problemas se recompuso de su caída. Agarrándose a una aspa del molino, empezó a ganar altura para volver a hacer frente al vanidoso montaignés. Por su parte, Bastion Allais, pensando quizá en que no se habría recuperado tan rápidamente de su caída, saltó a otra de las aspas para descender a su encuentro solo para darse cuenta de que en realidad Wolf estaba en el lado opuesto de la gran cruz.

Sabiendo que debía elegir muy bien su momento, Wolf dejó que el oficial machacara inútilmente el mástil de su aspa en un infructuoso intento por cercenarla, y cuando Allais llegó otra vez a la techumbre del molino, solo tuvo un segundo antes de darse cuenta de que el avalonés le estaba esperando con su pistola preparada para descargar el plomo en su pecho. Wolf sabía que en el tejado sería difícil esquivar el tiro pisando esas malditas tejas y buscó su oportunidad para infligir el mayor castigo en el momento justo. Increíblemente, gracias a una combinación de habilidad y suerte, un inesperado resbalón ayudó al oficial a esquivar el balazo perdiendo solo algunas plumas de su refinado sombrero, y una vez hubo recuperado su equilibrio, blandió su espada inflingiendo un par de profundas heridas en su desconcertado rival.

Viendo cerca su victoria, el arrogante montaignés empezó a recrearse en la situación complementando sus mortales ataques con osadas florituras, cometiendo así un peligroso error. Wolf se había percatado de que la vieja madera del tejado crujía y se resentía en cada paso de los dos hombres, y cuando tuvo la menor oportunidad, saltó con todas sus fuerzas derribando el techo y haciendo que los dos hombres se precipitasen al piso inferior entre escombros y una nube de polvo.

Después del estruendo, el silencio se hizo en toda la casa hasta que los dos rivales empezaron a incorporarse de su caída. Cerca de ellos, arrinconados se encontraban el Padre Diego y Don Juan del Castillo, que contemplaban la escena atónitos. Bastion Allais fue quien se recuperó antes, y no queriendo encontrarse con más sorpresas, lanzó un pesado armario encima de la única apertura que permitía la salida y entrada al piso presente. Aprovechando el descuido, Wolf saltó con su estoque para inflingirle una fea herida en el costado y este, entre insultos y maldiciones, se deshizo del avalonés con un tajo en diagonal que cortó su desprotegido pecho y lo lanzó de nuevo contra el suelo. Girando sobre si mismo, Wolf se apropió del mosquete que llevaba atado en la espalda y disparó a su oponente hiriéndole esta vez en el muslo derecho.

Los dos hombres estaban exhaustos y al limite de sus fuerzas. Los compañeros de Wolf habían conseguido deshacerse de los soldados en la planta inferior e intentaban sin resultado desbloquear el acceso al piso. Los dos rivales se miraban ahora con hostilidad y respeto, mientras acopiaban fuerzas para un último ataque. Los dos se levantaron a la vez, colocaron ceremonialmente sus aceros erguidos frente a su rostro, y se lanzaron a la par en una estocada de todo o nada. Los hierros impactaron y la sangre salpicó las paredes. Los dos rivales quedaron arrodillados uno al lado del otro, mientras un charco carmesí se extendía por el suelo a su alrededor. Finalmente, Wolf dijo casi susurrando:

- Parece que la fortuna te sonríe, amigo. Ha sido un placer lidiar contigo. Espero que nos volvamos a ver en un futuro… - y cayó inerte en medio de la sangre.

Después de ese instante, Blind y Nicolette entraron por la ventana saltando de una aspa del molino. Sin ganas de rematar al que había sido un tenaz contricante, el oficial montaignés saltó por la ventana opuesta para caer encima del orondo Gobernador, y con la ayuda de algunos soldados que se habían recuperado, terminaron marchandose por donde habían llegado. Habría tiempo para volverse a encontrar.